CRÍTICA| Lo imposible

El domingo 26 de diciembre de 2004 tuvo lugar un terremoto submarino con epicentro en la costa oeste de Sumatra y de una terrorífica magnitud de más de 9,0 en la escala de Richter. Según parece, no fue sólo el segundo más grande registrado desde la existencia del sismógrafo, sino que incluso su misma duración, entre 8 y 10 minutos, fue también la más larga observada en lo que a fallas geológicas se refiere. Las consecuencias, por supuesto, fueron devastadoras, al provocar una serie de descomunales tsunamis (rondando los 30 metros de altura) que descargaron su apocalíptica furia a lo largo de las costas de la mayoría de los países que bordean el océano Índico, sesgando la vida de más de doscientas mil personas y anegando una gran cantidad de comunidades costeras a través de casi todo el sur y sureste de Asia, incluyendo partes de Indonesia, Malasia, Sri Lanka, India y Tailandia. Está considerado el noveno desastre natural más mortal de la historia moderna.

 

Teniendo en cuenta la fructífera relación que ha tenido el cine con las historias de catástrofes naturales (hasta el punto de auspiciar un género propio), era sólo cuestión de tiempo que algún avispado se animara a mostrar el alcance de la tragedia en la gran pantalla. Y el nombre de este “avispado” no es otro que el barcelonés Juan Antonio Bayona, el cual se dio a conocer hará unos cinco años gracias a ese cursi, aburrido y torpe cúmulo de clichés titulado El Orfanato (2007). Las previsiones, por ende, no podían ser menos halagüeñas, máxime si tenemos en cuenta que lo que atrajo realmente al director no era tanto el tsunami en sí, como la historia real de sufrimiento, supervivencia y maduración de una familia española que se vio afectada por el desastre. ¿Alguien dijo Spielberg? Pues sí, algo hay.

 

Todo empezó hará unos cinco años, cuando la madre de esa familia real, María Belón, se animó a describir el duro trance vivido por ella, su marido y sus tres hijos en un programa radiofónico. Su testimonio fue escuchado con interés por una de las productoras de la película, Belén Atienza, la cual se lo hizo llegar al director. Emocionado por el trasfondo de aquella historia, Bayona supo inmediatamente que tenía en sus manos los ingredientes necesarios para hacer una película que pudiese llegar (y emocionar) fácilmente al espectador. El tsunami, por tanto, no es más que un pretexto (y también, por qué no decirlo, un gancho fácil con el que atraer espectadores, movidos por el “morbo” de poder ver en pantalla el alcance de la destrucción). El siguiente paso fue ponerse en contacto con la familia y asegurarse de contar con su aprobación y colaboración a la hora de revivir en imágenes, de la manera más respetuosa y justa posible, la increíble sucesión de calamidades a la que tuvieron que hacer frente durante y tras el impacto del tsunami en algún lugar de la costa tailandesa en donde se encontraban disfrutando de sus vacaciones.

 

Con un presupuesto íntegramente español de 30 millones de euros (nada “desorbitado” si tenemos en cuenta las cantidades que se manejan en Hollywood en este tipo de proyectos), Bayona contó con una libertad creativa absoluta nada común en los tiempos que corren. Para la escritura del guion volvió a contar con Sergio C. Sánchez, con el cual ya había colaborado en El Orfanato, y para interpretar a la familia protagonista optó por un rutilante reparto internacional en donde destacan, por méritos propios, unos (como siempre) fabulosos Ewan McGregor y Naomi Watts, sin olvidarnos, por supuesto, de la gran revelación de la película, el joven Tom Holland, que interpreta a Lucas, el hijo mayor del matrimonio fomado por María y Enrique. No nos olvidamos, por supuesto, de la impresionante fotografía de Óscar Faura y su maravillosa banda sonora, que vuelve a correr a cargo del compositor vizcaíno Fernando Velázquez, y a la que volveremos a hacer alusión más adelante.

 

En definitiva, como se puede apreciar, una película como ésta parecía contar ya, desde su misma gestación, con todos los elementos necesarios para garantizar un gran éxito comercial. Y, teniendo en cuenta la muy positiva respuesta obtenida hasta ahora por el público, resulta bastante probable que así sea, lo cual no sería de extrañar, ya que sus implicados han sabido jugar muy bien sus bazas. A pesar de su “limitado” presupuesto, la película luce maravillosamente bien, especialmente, como no podía ser de otra forma, en la esperada escena del ataque del tsunami. Ahí es donde más queda en evidencia el altísimo nivel de producción de este proyecto, que no tiene nada que envidiarle a lo que vimos en aquella ridícula tomadura de pelo titulada Más allá de la vida (Hereafter, 2010), dirigida por un cansino Clint Eastwood. Es más, no sólo no tiene nada que envidiarle, sino que visualmente la supera con creces en intensidad y espectacularidad, gracias a unos impresionantes planos acuáticos y subacuáticos. En este sentido, Lo imposible es todo un triunfo para nuestro cine, demostrando que, en realidad, y pese a no manejar los presupuestos con los que los grandes blockbusters suelen contar, no tenemos tanto que envidiarle a los americanos en el apartado visual.

 

Toda la secuencia del desastre (la embestida del tsunami, la posterior riada y el periplo de María dentro del agua), que por cierto no se hace (afortunadamente) de esperar, fue filmada en los estudios alicantinos de la Ciudad de la Luz, y está compuesta por, aproximadamente, un centenar de planos, cada uno de los cuales requirió, a su vez, varias semanas. Más de un año necesitaron el equipo técnico, el de efectos visuales y el propio director para la preparación de dicha secuencia, realizada, por cierto, en el tercer más grande tanque acuático para rodajes del mundo, con capacidad para unos 12 millones de litros de agua, y en donde tuvieron que sumergirse Naomi Watts y Tom Holland, sin recurrir a retoques digitales de ningún tipo (aprende, Hollywood). Las tomas finales precisaron de un mes de rodaje. Pero el motivo por el que esta escena funciona tan bien, zambulléndonos de golpe en el interior del tsunami, no se debe únicamente a los efectos visuales, sino también a los de sonido. La conjunción de ambos garantiza una experiencia de “inmersión” de un realismo único en la historia del cine.

 

No obstante, la secuencia del tsunami constituye una ínfima parte del metraje de la película. A consecuencia de la catástrofe, la familia se ve separada trágicamente en dos secciones. Por un lado, está la formada por la madre y su hijo mayor, cuya traumática historia sirve para mostrar, con toda crudeza, las devastadoras consecuencias de aquel desastre natural, tanto en el paisaje como en los propios protagonistas, especialmente la madre, cuyo sufrimiento podría llegar a poner a prueba, en algún momento, la resistencia emocional de los espectadores más sensibles y aprensivos. Por otro lado, la dramática odisea del padre, que debe separarse voluntariamente de sus otros dos hijos a la búsqueda de María y Lucas, que incide más en la repercusión emocional del tsunami en las vidas de todos aquellos que perdieron seres queridos a consecuencia de la tragedia. El sufrimiento físico da paso al sufrimiento emocional. La historia a partir de la embestida de la ola se divide por tanto en dos partes claramente diferenciadas y secuenciadas. En la primera compartimos el shock emocional de la madre y su hijo, asistiendo a una dramática lucha por la supervivencia, mientras que en la segunda hay espacio para la reflexión sobre la magnitud de los sucesos acontecidos, todo ello condimentado con ciertas dosis de, en ocasiones, excesivo sentimentalismo que puede llegar a resultar algo cargante. Lógicamente, la pregunta lícita sería hasta qué punto era posible contar una historia como ésta sin caer en dicho sentimentalismo.

 

Lo imposible respeta religiosamente todas y cada una de las convenciones asociadas a este cine “humano” de catástrofes, presentando la lucha por la supervivencia y por mantenerse unidos en el marco de una catástrofe natural de devastadoras consecuencias. Todos aquéllos que estén familiarizados con las bases de este tipo de cine sabrán, de antemano, a lo que se exponen, ya que el rutinario guion no depara en realidad demasiadas sorpresas, y ahí está, quizás, el mayor defecto de esta película. Pese a estar basada en una historia real, en última instancia resulta excesivamente consciente de su condición de “gran producción”, modificando aspectos de la historia original para hacerla más “cinematográfica”, con todo lo que esto conlleva. Sirva como ejemplo la planificación de toda esa escena final, previa a la catarsis emocional, a partir de la llegada del padre al hospital en el que se halla su esposa y en donde se reencontrará con toda su familia. Pese a estar realzada por la espectacular banda sonora de Fernando Velázquez, resulta demasiado artificiosa y forzada como para ser del todo creíble. Es en momentos como éste en donde se aprecia, más claramente, la influencia de Steven Spielberg. Y es que, aunque el director ha negado en entrevistas cualquier predisposición consciente al “mimetismo” o la “asimilación” de su cine, sí ha reconocido públicamente haber crecido y aprendido mucho viendo sus películas, por lo que la influencia del director norteamericano, consciente o inconscientemente, está ahí, para bien y para mal.

 

A pesar de esa peligrosa tendencia a la manipulación sentimental (que el propio director niega) tan característica del cine de Steven Spielberg, es de justos reconocer que una historia de maduración como ésta ya conlleva, necesariamente, un considerable componente de sentimentalismo y emotividad del que no se podría prescindir, máxime en una película de la vocación comercial de ésta que nos ocupa. En ese sentido, hay que admitir que la historia funciona en líneas generales gracias al soberbio trabajo de su reparto protagonista, al que ya hemos hecho alusión anteriormente. Naomi Watts y Ewan McGregor se desnudan emocionalmente durante el transcurso de la historia, regalándonos sendas interpretaciones de altísimo nivel, como era de esperar en ambos. Destacamos, por poner un ejemplo, el derrumbe anímico del padre durante su conversación telefónica, realmente conmovedor y desgarrador al mismo tiempo. Sin embargo, los mayores elogios deberían ir para el joven Tom Holland, que sale airoso en un papel especialmente delicado y exigente. Hasta tal punto es así que su trabajo ha sido ya comparado con el de Christian Bale en El imperio del sol (1987). A diferencia de los demás personajes, el de Lucas experimenta una considerable evolución durante el transcurso de la historia, ya que la tragedia a la que se ve expuesto le obliga a madurar, muy a su pesar, ante la adversidad y asumir por tanto el rol protector de su indefensa madre. Todo esto consigue transmitirlo Holland con una pasmosa y, sobre todo, muy creíble naturalidad que lo revela como un sólido actor de brillante porvenir en el mundo del cine.

 

Finalmente, me resulta extremadamente grato y satisfactorio poder hablar, al fin, de la banda sonora que acompaña a la película a la que dedicamos espacio en esta web. Desgraciadamente, cada vez resulta más y más complicado encontrar trabajos inspirados y con un mínimo de calidad, de ahí que, cuando sucede el “milagro”, no podamos por menos que regocijarnos y celebrarlo con todos los honores, dedicándole el espacio y la atención que este importantísimo elemento de la narración cinematográfica merece. Al fin y al cabo… ¿qué sería del cine sin su música? Jamás he podido entender la, por lo general, nula atención asignada a la banda sonora en las reseñas cinematográficas. ¿Acaso el impacto emocional de una historia no recae, especialmente, en su acompañamiento sonoro? ¿Acaso no cumple la música la difícil tarea de describir acontecimientos y personajes, condicionando nuestra percepción de los mismos, y rellenando los innumerables huecos que ni las palabras ni las imágenes pueden, por sí mismas, cubrir?

 

Todo esto se hace muy evidente en Lo imposible, cuyo acompañamiento musical corre a cargo del magnífico compositor Fernando Velázquez, con el que J.A. Bayona lleva colaborando desde el cortometraje El hombre esponja (2002). La banda sonora de Lo imposible da buena muestra del excepcional talento de Fernando para la melodía, que ya había puesto de manifiesto en anteriores proyectos como El Orfanato (2007), Eskalofrío (2008), Sexy Killer, Morirás por ella (2008), El mal ajeno (2010) o Lope (2010), proyectos en donde ya demostró, además, una encomiable versatilidad.

 

Grabada en los míticos estudios londinenses Abbey Road y editada por el sello Quartet Records en una magnífica e imprescindible edición a la altura de las circunstancias, la partitura de Fernando está estructurada en torno a dos temas básicos, dedicados al amor y la muerte respectivamente: “el tema de amor está construido sobre una base armónica descendente que escuchamos, por ejemplo, en la escena en la que las ancianas tailandesas auxilian a María. A partir de esa base desarrollamos dos temas musicales. Por un lado, una primera melodía que hace referencia a la familia protagonista. Esta música acompaña a la familia al comienzo del relato, en las escenas del hotel antes del tsunami, y al final de la historia, durante el despliegue del avión. Aún tratándose de la misma melodía, el tipo de orquestación es completamente distinta (un solo de cello en el primer caso y la orquesta al completo tocando en el segundo), dando así a entender la transformación de la familia (…) La segunda melodía es un desarrollo de la primera, y se refiere a una emoción más abstracta y profunda, al ánimo de los personajes según avanzan los acontecimientos después de la ola. Un arpa completamente desnuda toca las primeras notas de ese tema en la escena en la que el anciano tailandés arrastra a María hacia un lugar seguro. Esa melodía está pensada para subrayar el vínculo inexplicable que se establece de forma instantánea entre ambos personajes: aunque pertenezcan a culturas distintas y les separe el idioma, se entienden en la compasión y la ayuda incondicional (…) El reverso, el tema de la muerte (en do menor) suena durante el traslado en camioneta de María y Lucas al hospital, momento en el que el niño toma consciencia real del drama humano que le rodea. Esa melodía lanza una pregunta sin respuesta, la misma que se hacen a menudo los personajes: ¿Por qué yo no y ellos sí? ¿Por qué ha muerto toda esta gente y yo he sobrevivido? (…) Además de los temas de amor y de la muerte, en Lo Imposible hay un motivo musical que puntúa con nervio la búsqueda desesperada de Henry. Es un arpegio de violoncelo, acompañado por un ostinato de timbal, que se entrelaza con los temas anteriores según los personajes se acercan en el espacio sin saberlo”.

 

Como se puede apreciar, se trata de un trabajo profundamente emotivo, que expresa todo aquello que no se podía articular mediante palabras, muy especialmente todos aquellos sentimientos experimentados por los protagonistas tanto al principio como al final de la historia, tras ese forzado proceso de maduración al que se vieron forzados por las trágicas circunstancias. Lejos de querer engrandecer los acontecimientos mostrados, la música huye de la vacua rimbombancia para situar la historia a un nivel más humano e íntimo, describiendo todo ese cúmulo de emociones por las que pasa cada uno de los miembros de la familia, desde el miedo y la desesperación hasta la esperanza y el amor, gracias a un formidable trabajo de orquestación en donde sobresale (como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la formación del compositor), el violonchelo, que se erige así en la voz perfecta del mundo interior de los personajes. Al fin y al cabo, en Lo imposible no hay héroes, y la misma supervivencia conlleva, al mismo tiempo, algo punzantemente doloroso.

 

Pero lo que engrandece realmente a este trabajo es su inspirado repertorio melódico. En estos tiempos de sequía y mediocridad creativa, en donde cada vez resulta más difícil salir del cine con la música grabada en la memoria, la banda sonora de Lo imposible consigue, con insultante facilidad, desbancar a todas las demás, alzándose así como la mejor partitura de lo que va de año. Si la película evoca en espíritu a Spielberg, entonces los desarrollos melódicos de Fernando evocan al John Williams más conmovedor de La Lista de Schindler (1993) o Nacido el 4 de julio (1989).

 

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En definitiva, Lo imposible es una película que se presta a un ensañado ataque por lo mucho que se acerca, en algunas ocasiones, a la explotación de los elementos más dramáticos de la historia con el fin de manipular emocionalmente al espectador (lo que algunos han llegado a denominar “pornografía sentimental” e incluso “violación emocional”), uno de los recursos más fáciles, rastreros y torpes del cine. Sin embargo, considerando la propia naturaleza de la historia contada, y también lo complicado que resulta marcar esa fina línea que separa lo elegante de lo obvio, no podemos por menos que considerar esta película como todo un triunfo, no sólo en el currículo de su director, sino también en la propia historia reciente de nuestro cine. Lo imposible es un duro pero necesario homenaje tanto a aquéllos que perdieron sus vidas a raíz de la tragedia, como también a aquellos otros que sobrevivieron sin saber por qué y que aún hoy día viven con el sentimiento agridulce de sentirse afortunados y… al mismo tiempo, atormentados por ello. 8/10


Luis Rodríguez es autor del blog El Gabinete del Doctor Lynch

 

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