CRÍTICA| Frankenweenie

A poco más de dos semanas para la festividad de Halloween, la cartelera ha empezado ya a prepararse para la celebración de tan ilustre evento. Y lo ha hecho con una de las últimas propuestas cinematográficas del director californiano Tim Burton, que ya estrenara también este mismo año Sombras tenebrosas (Dark Shadows, 2012), una muy sui generis adaptación del mítico serial televisivo creado por Dan Curtis a mediados de los 60, la cual nos reconciliaba con el director, en parte, tras su espantosa adaptación de Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, 2010).

 

Con 16 largometrajes en su haber (dos de ellos de animación), Tim Burton sigue siendo toda una rara avis en el actual panorama cinematográfico hollywoodense, una especie de Peter Pan a lo gótico cuyo excéntrico pero muy personal universo estético y narrativo, salpicado de recurrentes guiños a sus nostálgicas obsesiones cinéfilas, le ha granjeado tantos admiradores como detractores. Debo confesar, llegados a este punto, que me encuentro entre los del primer grupo, y aunque desde la llegada del nuevo siglo ha ido encadenando más fracasos que aciertos, muy especialmente ese horrendo e innecesario remake de El planeta de los simios (Planet of the Apes, 2001), también es cierto que posteriormente ha sabido compensar a sus fans con dos de las mejores películas de toda su filmografía: la sublime Big Fish (2003) y su brillante adaptación del célebre musical Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, 2007).

 

Por ese motivo, cuando perpetró la anteriormente mencionada versión del clásico de Lewis Carroll, éramos muchos los que esperábamos que Burton volviera a “redimirse” regresando, una vez más, a sus orígenes, al tipo de cine por el que es mundialmente conocido, por mucho que eso conlleve reincidir en su pertinaz rechazo a abandonar su “comfort zone” y seguir reinventándose a sí mismo, como ya hizo en Big Fish. Y, en cierto modo, eso es lo que ha ocurrido, tanto en Sombras tenebrosas como en la película que nos ocupa, Frankenweenie (2012). No serán grandes hitos en su trayectoria como director, no aportarán nada nuevo a su legado como cineasta… pero al menos son películas que nos devuelven a Tim Burton, después de su bochornosa abducción por el Disney más pueril en Alicia en el país de las maravillas. Lo sé, Frankenweenie corría a priori el mismo riesgo… sin embargo, y afortunadamente, no ha sido así ya que ésta posee algo de lo que la anterior carecía: personalidad. Ah, sí, y otra cosa aún más importante: alma.

 

Como ya se sabrá, todo empezó hará unos treinta años, cuando Tim Burton trabajaba aún para Disney como animador en una serie de proyectos muy alejados de su peculiar idiosincrasia y sensibilidad. A pesar de esto, su talento fue reconocido, de ahí que acabaran concediéndole luz verde para llevar a cabo proyectos más personales en donde pudiera sentirse más a gusto. Y así surgió el maravilloso corto de animación en stop-motion Vincent (1982), dedicado a su gran ídolo cinematográfico, el grandioso Vincent Price, ínclito miembro de una irrepetible casta de actores que han pasado a la posteridad como iconos del género de terror, y que incluye también a otras leyendas tales como Lon Chaney, Boris Karloff y Christopher Lee. El merecido éxito de esta pequeña joya de 6 minutos, que ya condensa muchos de los rasgos de estilo y elementos temáticos de su posterior filmografía, le reportó un considerable éxito de crítica, refrendado además por varios premios.

 

Dicho éxito propiciaría, dos años después, su siguiente proyecto, titulado Frankenweenie (1984), y que en esta ocasión adoptaba el formato cortometraje de acción real y en blanco y negro, con una duración total aproximada de 30 minutos. Si Vincent estaba inspirado en la obra de Edgar Allan Poe, Frankenweenie fue concebido como una sorprendente vuelta de tuerca a la conocida historia creada por Mary Shelley, partiendo de una premisa, por cierto, que ya aparecía en Vincent: la macabra imagen del joven protagonista experimentando con su mascota para crear un “perro zombi” da paso aquí a la no menos macabra “resurrección” del perro muerto del protagonista a lo Frankenstein como eje central de la historia. No es de extrañar, por tanto, que Frankenweenie fuera considerada “no apta para niños”, recibiendo la calificación PG (“Parental Guidance”) por la Motion Picture Association of America tras dos pases previos dirigidos a madres y niños y, por tanto, relegada al olvido por la mojigata productora.

 

Tim Burton, por su parte, fue despedido por atreverse a “derrochar” los recursos ofrecidos (aproximadamente 1 millón de dólares) en proyectos demasiado terroríficos como para ser disfrutados “en familia”. Por supuesto, y en el colmo de la hipocresía, tan pronto el joven director adquirió suficiente prestigio como para garantizar pingües beneficios (justo después de sus dos reivindicables aportaciones al universo de Batman), la Disney lanzaría el cortometraje a la venta en formato VHS, aunque en una versión censurada… los fans del director tendrían que esperar, así pues, a la edición en DVD del clásico Pesadilla Antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, 1993), dirigido, no lo olvidemos, por Henry Selick, para poder disfrutar de Frankenweenie por primera vez en toda su integridad, tal y como fue concebido originalmente.

 

Y ahora que Tim Burton es un autor consagrado, nos llega una revisión de aquel proyecto maldito, sólo que esta vez en clave de largometraje animado fotograma a fotograma, en 3D y… sí, ahora sí, “bendecida”, por la misma productora que antaño despreció su obra. Cómo cambian las cosas, ¿verdad? Afortunadamente, los resultados son excepcionales, superando con creces a la versión original de 1984 y prestándose a todo un irresistible “double bill”, junto con Vincent, de deliciosa y macabra animación en stop-motion, no exenta de ciertos elementos autobiográficos.

 

Al fin y al cabo, Tim Burton ya era, de pequeño, todo un aficionado a las películas de monstruos al que le gustaba hacer sus propias películas caseras de 8mm y que vivía en un barrio español a las afueras de Burbank con sus padres y su perro Pepe, al que adoraba. Cambiando los nombres y el emplazamiento, las analogías con Victor, el protagonista de Frankenweenie, son más que evidentes, si bien es verdad que esta tendencia del director a volcar en sus protagonistas ciertos aspectos de su propia vida y/o personalidad es, por otro lado, es algo bastante recurrente en el cine de Tim Burton, tanto en creaciones propias (Lydia Deetz, Eduardo Manostijeras, Ichabod Crane, Ed Bloom padre o Victor Van Dort…) como incluso en personajes “prestados”, a los que el director filtra por su muy particular tamiz (por ejemplo, Willy Wonka o el mismísimo Batman). Personajes desarraigados, atormentados y marginados, que no terminan de encajar en el mundo que los rodea, y que se vuelcan en su propio mundo interior, encontrando en la fantasía y la imaginación el sustento con el que lidiar con la incomprensión y el hastío de la cotidianidad.

 

En este sentido, Frankenweenie no es ninguna excepción, respetando religiosamente las bases que han caracterizado el cine de Tim Burton desde sus mismos comienzos. La película está concebida como una explícita declaración de amor al cine de su infancia, especialmente el entrañable cine de terror de la Universal, aunque, como veremos más adelante, el festín referencial no se limita exclusivamente al cine de Tod Browning o James Whale. Los más pequeños disfrutarán con este estimable y, por supuesto, “adaptado” primer contacto con el “terror” clásico, mientras que los más adultos se lo pasarán en grande identificando dichas referencias y aceptando, en definitiva, su honesta invitación a la rememoración nostálgica.

 

Por supuesto, los guiños más obvios aluden al monstruo de Frankenstein, tanto la obra original como los dos clásicos dirigidos por James Whale para la Universal. Así, el protagonista de nuestra historia responde al nombre de Víctor Frankenstein, en referencia al creador del “moderno Prometeo” de la novela. Apasionado de la ciencia, nuestro joven protagonista vive aislado en el taller instalado en el desván de su casa, haciendo películas y entregándose a la realización de todo tipo de inventos. Su más fiel compañero es Sparky, un adorable, curioso y juguetón bull terrier que parece entenderlo mejor que sus propios padres y que representa un importante punto de apoyo para él. Un buen día sus padres lo convencen para que alterne su gran pasión por la ciencia con algo más “físico” que le permita también desarrollarse a otros niveles… algo como por ejemplo el baseball. Durante el juego, la bola sale del campo de juego, cruzando la calle hasta la otra acera, y cuando Sparky corre a por ella es atropellado por un coche antes de que pudiera devolvérsela a su dueño, en una de esas escenas en las que, aunque sabes a priori lo que va a ocurrir y cómo va a ocurrir, no por ello puedes evitar empatizar con el protagonista en su desconsuelo.

 

Afortunadamente, y gracias a una demostración realizada en clase por su profesor de ciencias, el señor Rzykruski, por el que Víctor muestra una gran admiración y respeto (algo inevitable si tenemos en cuenta su evidente parecido físico y fisonómico con Vincent Price), a nuestro joven protagonista se le ocurre una, en principio, descabellada idea para resucitar a Sparky y rescatarlo así de las garras de la muerte. El profesor Rzykruski (al que Martin Landau pone voz en la versión original) ejerce así de mentor e inspiración para el muchacho, nutriendo su fascinación por la ciencia como algo necesario… siempre y cuando se ponga todo el corazón en ella. Ésta es una importante diferencia con respecto a “rol” de la ciencia, en las películas clásicas de género, como enemiga de dios y, por ende, de la humanidad (recordemos que uno de los muchos subgéneros del terror es el de los “mad doctors”, en referencia a aquellos científicos o médicos que sobrepasan la línea que separa lo ético de lo abominable, renunciando al código deontológico al que están atados con el fin de conseguir sus megalomaniacos objetivos). En esta película, por el contrario, la ciencia se presenta desde un prisma menos radical, como algo necesario para combatir el fanatismo y la ignorancia, siempre y cuando se emplee por un buen motivo.

 

Y ésa es la principal diferencia entre Víctor y sus compañeros de clase. Mientras que el objetivo de sus experimentos es la resurrección del perro al que tanto quiere, los demás se mueven por unos intereses más reprobables. En ese sentido no resulta del todo fortuito que uno de ellos, Nassor, sea la viva imagen de Boris Karloff (que ya interpretara, entre otros, a Imhotep en La momia y también, por supuesto, al monstruo de Frankenstein en las dos películas de Whale anteriormente mencionadas), y que otro, de nombre Toshiaki, lo sea de Peter Lorre (¿alguna referencia al personaje de Mr. Moto, el agente secreto japonés interpretado por Lorre en ocho películas?)… dos actores, en definitiva, que han pasado a la posteridad por encarnar a monstruos y villanos sedientos de poder y gloria. Estas referencias propician así una serie de guiños dirigidos al aficionado al cine de terror, como por ejemplo la escena en la que, ee un momento dado de la película, Nassor queda “momificado” en el interior de una especie de sarcófago… casi igual de momificado, por cierto, que su hámster Colossus (nada que ver con el gigante de Big Fish, por cierto) al ser revivido.

 

No nos olvidamos, por supuesto, del inquietante e impopular jorobado Edgar “E” Gore (obsérvese, por supuesto, su intencionada similitud fonética con el nombre de “Igor”). Ya en la primera película sobre Frankenstein el doctor (ahí “rebautizado” como Henry en vez de Víctor) contaba con la colaboración de un ayudante jorobado llamado Fritz e interpretado por Dwight Frye (el mismo que interpretara a Renfield en la versión de Drácula de Tod Browning). Posteriormente, en las secuelas El hijo de Frankenstein (Son of Frankenstein, 1939) y El fantasma de Frankenstein (The Ghost of Frankenstein, 1942) aparece un personaje llamado “Ygor”, y encarnado en ambos casos por Bela Lugosi, aunque en ninguno de ellos fuera ni ayudante ni jorobado, sino más bien un turbador herrero que sobrevivió tras ser ahorcado por robar cadáveres. La Universal reincidiría en la idea de incluir un asistente jorobado en La mansión de Frankenstein (House of Frankenstein, 1944), aunque en este caso, nuevamente, el nombre del mismo era otro diferente, “Daniel”. Y llegamos así, por supuesto, a la célebre parodia de Mel Brooks, El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), en donde, esta vez sí, encontramos ya a un asistente jorobado, interpretado por Marty Feldman, llamado “Igor”.

 

El “interés amoroso” de nuestro joven protagonista se llama “Elsa Van Helsing”, una niña tierna aunque algo sombría que nos recuerda al personaje interpretado por Winona Ryder en Bitelchus (Beetlejuice, 1988), de ahí que no sorprenda que sea la misma actriz la encargada de darle voz en la versión original. Elsa, cuyo nombre hace referencia, por supuesto, a Elsa Lanchester, la actriz que encarnó a la novia del monstruo en La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), vive con su déspota tío y su perrita Perséfone, un caniche negro con una enorme mata de pelo en su cabeza y que sufrirá una curiosa “transformación capilar” gracias a Sparky… en otro evidente guiño a La Novia de Frankenstein.

 

Por supuesto, el apellido “Van Helsing” hace referencia a otro mito literario y, por supuesto, a otro de los clásicos de la Universal (y de la Hammer), el de “Drácula”. Recordemos que los personajes de Frankenweenie viven en un barrio residencial llamado “Nueva Holanda”… y que la antítesis del vampiro, Abraham Van Helsing, es holandés. Por si todo esto no fuera suficiente, en un momento dado en el que Víctor llega a casa, a escondidas para no ser visto, se encuentra a sus padres viendo por la tele esa gran obra maestra que es el Drácula de Terence Fisher (1958), protagonizado, por supuesto, por el gran Christopher Lee.

 

Víctor consigue revivir a Sparky, movido por su amor hacia su mascota, y el animal se comporta igual que siempre, como si nada hubiera cambiado… es decir, exceptuando su evidente transformación física (que incluye, por supuesto, ese imprescindible guiño a la icónica imagen del “monstruo” legada por el gran Jack Pierce, encargado de los efectos de maquillaje en las películas de Whale). Por desgracia, y en otra constante del cine de Burton, el hecho de ser y parecer “diferente” le acarreará al principio el rechazo por parte de la gente.

 

¿Y sus compañeros de clase? Tan pronto descubren el secreto de Víctor deciden aprovecharse de los resultados de su experimento para utilizarlo igualmente en la Feria de Ciencias del colegio, aunque los resultados serán cuanto menos catastróficos, especialmente en el caso de Shelly (otra alusión a la autora de Frankenstein), la tortuga de Toshiaki, que “renacerá” convertida en un gigantesco monstruo que recuerda poderosamente a uno de los iconos del “kaijū eiga” o cine japonés de monstruos, más concretamente Gamera, aquella tortuga voladora gigante creada por los estudios Daiei a raíz del éxito del mítico Godzilla de los estudios Tōhō.

 

Este interminable cocktail referencial propuesto por Burton no termina aquí, sino que también encuentran su hueco películas como Gremlins (1984), La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954), La mosca (The Fly, 1958… aunque en este caso la “fusión genético-molecular” afecta más bien a un gato y un murciélago) y, por supuesto, aquellos clásicos animados, mediante el uso del stop-motion, por ese gran maestro que fue Ray Harryhausen. El director se permite incluso el lujo de la autorreferencialidad, con un divertido guiño a su Batman que contagia, en algunos momentos, hasta su misma banda sonora, firmada, como no podía ser de otra forma, por un correcto Danny Elfman.

 

En definitiva, con semejante dosis de cinefilia impregnando cada fotograma… ¿cómo no nos iba a gustar Frankenweenie? Y es que hay tanto que disfrutar en esta película más allá de los homenajes, incluyendo, por supuesto, la deliciosa y exquisita animación. Atención especial merece en este sentido el propio Sparky, que sin pronunciar ni una sola palabra en toda la película resulta uno de los personajes animados más expresivos y entrañables del cine de animación más reciente, divirtiendo sin caer en la pueril idiotez a la que tanto Pixar como Disney o Dreamworks nos tienen tan acostumbrados. Frankenweenie es una pequeña obra de arte en donde todos sus elementos, desde las mismas marionetas utilizadas hasta los decorados y vestuarios, hechos a mano, rezuman un cariño y una dedicación realmente encomiables. Sí, lo sé, no aporta nada nuevo a la obra de Tim Burton. Ni falta que le hace. 8/10

 

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Luis Rodríguez es autor del blog El Gabinete del Doctor Lynch

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