CRÍTICA| Sinister

Tras trabajar como guionista en las infames Leyenda Urbana 2 (2000) y Hellraiser: Inferno (ídem), Scott Derrickson debutó en la dirección con la estupenda El Exorcismo de Emily Rose (2005), que ofrecía algunas de las escenas de posesión más intensas y escalofriantes de la historia del cine, gracias muy en parte a la fabulosa interpretación de su actriz principal. Dicha película colocó al joven director en el punto de mira de todos los aficionados al cine de terror. Tres años después Derrickson confirmó su predilección por el fantástico con un muy digno (e infravalorado) remake del clásico de la ciencia ficción Ultimátum a la Tierra (2008).

 

Sinister (2012) marca su esperado regreso al terror, y lo hace respaldado por los productores de dos de los más grandes éxitos que nos haya brindado el cine de género en los últimos cinco años: por un lado, la infame Paranormal Activity (2007), y por otro, la estupenda Insidious (2010). Dos casos antagónicos que ejemplifican a la perfección los vicios y las virtudes que caracterizan hoy día este tipo de productos. La gran incógnita planteada a priori por Sinister era, por tanto, determinar si sabría estar a la altura de las expectativas depositadas tras la muy grata sorpresa que supuso el filme de James Wan o si, por el contrario, emularía al nefasto Oren Peli en su incompetencia a la hora de confeccionar un producto decente que no tome por idiotas a los espectadores. El resultado final, como se verá más adelante, no se presta sin embargo a una categorización tan absoluta.

 

Un escritor (interpretado por un correcto Ethan Hawke), que abandonara la ficción por el más lucrativo y morboso género de la investigación de casos reales sin resolver, se muda con su mujer (Juliet Rylance) y dos hijos a una casa en la cual se cometió, tiempo atrás, el horrible asesinato de una familia. Allí encontrará un proyector y una serie de películas en Súper 8 que le irán desvelando terribles pistas no sólo de lo ocurrido, sino también de lo que está por suceder. Al parecer, lejos de constituir un hecho aislado, dicho asesinato forma parte, en realidad, de una serie de sacrificios rituales relacionados con el culto a una especie de deidad babilónica llamada Bughuul, la cual se nutre devorando las almas de los niños.

 

La premisa, como se puede observar, no es nada original, lo cual no tiene por qué ser algo negativo necesariamente. ¿Acaso Insidious no pecaba de lo mismo? La gran diferencia es que, mientras que el filme de Wan era un desbordante y colorido carrusel que asimilaba sin complejos todas sus influencias para regurgitarlas en un efectista, sincero y muy divertido espectáculo de siniestra imaginería, la película de Derrickson resulta mucho más insípida y convencional en su concepción artística (como puede apreciarse, por ejemplo, en la pésima representación del propio Bughuul), apostando además por un tono más serio y solemne que no siempre la beneficia, muy especialmente en las escenas de los niños aparecidos.

 

En nuestro especial sobre Halloween hablamos sobre ¿Quién Puede Matar a un Niño?, y destacamos su valentía a la hora de abordar un tema delicado con resultados excepcionales. El motivo por el que los niños del clásico de Narciso Ibáñez Serrador resultaban tan aterradores era porque, paradójicamente, no se esforzaban en serlo. Comportándose con total naturalidad, y confrontando la salvaje brutalidad de sus actos con una actitud jovial y distendida propia de cualquier niño de su edad, estos niños conseguían, sin pretenderlo, provocar escalofríos en el espectador. Es una lección que, por desgracia, Hollywood nunca ha llegado a asimilar del todo (sirva de ejemplo la espantosa La Huérfana de Jaume Collet-Serra).

 

Los niños aparecidos de Sinister se afanan denodadamente en inquietar al espectador mediante todo un rutinario catálogo de miradas, expresiones faciales, gestos y mohínes. Les gusta acercar el dedo índice a los labios, invitando al silencio. Desgraciadamente, no dan miedo. Y no dan miedo porque no resultan creíbles en ningún momento. Así de simple. Ya lo dijo Hitchcock: “Nunca trabajes con niños, con animales o con Charles Laughton”. Y yo matizaría: nunca trabajes con niños en una película de terror si no sabes cómo hacerlo y no estás dispuesto a ofrecer al espectador algo diferente y que no se esperan. Y es evidente que Derrickson no ha sabido cómo hacerlo, porque… si los niños no resultan ni creíbles ni atemorizadores… ¿cómo esperan impactar a la audiencia?

 

El gran problema de Sinister es que sobre estos niños recae, en buena parte, la difícil responsabilidad de soliviantar al espectador. No se guarda ningún as en la manga, como sí hacía Insidious. Como suelen decir en la lengua de Shakespeare, what you see is what you get. Toda esa subtrama relacionada con Bughuul nunca llega a desarrollarse del todo y eclosionar en algo interesante más allá de un triste e infrautilizado cameo. Eso por no hablar, por supuesto, de su esperable mojigatería a la hora de mostrar las escenas más truculentas, independientemente de si las víctimas son niños o adultos. Su anticlimático grand finale, de este modo, nos niega la catarsis, optando por una desangelada y previsible resolución made in Hollywood que dejará fríos a aquéllos que esperen encontrar algo más de agallas en las películas de terror que consumen.

 

Paradójicamente, todo lo que esta película tiene de convencional en su desarrollo argumental y dirección artística, lo tiene de innovador y transgresor en su acompañamiento sonoro. Y es que, por muchos defectos que se le pueda achacar al filme, es de justicia reconocer que, gracias a su música, consigue empaparse de una atmósfera inusualmente malsana y opresiva, sumiendo así al espectador en un angustioso estado de desasosiego y perturbación durante prácticamente toda la película. Y eso no es algo fácil de conseguir, demostrándose así, una vez más, la extrema importancia de la banda sonora, máxime en un proyecto de esta índole.

 

Gran parte del mérito, por supuesto, recae en el compositor Christopher Young, probablemente el más grande maestro que haya dado la música de cine de terror (con el permiso de John Carpenter), y autor de impresionantes joyas tales como Hellraiser (1987), Hellbound: Hellraiser II (1988), Invasores de Marte (1986), Flores en el Ático (1987), Jennifer 8 (1992), La Bendición (2000), Arrástrame al Infierno (2009) o, por supuesto, El Exorcismo de Emily Rose (2005). El talante inquieto que demuestra en Sinister, y su predisposición a huir de los tópicos y reinventarse a sí mismo una vez más, con 30 años a sus espaldas componiendo para películas de género, resulta algo verdaderamente encomiable y de lo que muy pocos compositores pueden presumir.

 

Además del score propiamente dicho, la banda sonora de esta película incluye una selección de ominosos temas en clave dark ambient que se escuchan durante las proyecciones de las cintas en Súper 8. No es de extrañar, por tanto, que dichas escenas sean las más genuinamente escalofriantes y enfermizas de toda la película. Olvídense de la típica y estruendosa rimbombancia orquestal a la que Hollywood nos tiene acostumbrados. La música de Sinister, realmente, da miedo… hasta el punto de que el relativo éxito de la película de Derrickson se debe, casi exclusivamente, a ella. Y dado que la música es un elemento indisoluble de la narración cinematográfica, no podemos por menos que aplaudir la decisión de, al menos en lo musical, desmarcarse de lo obvio y apostar por un lenguaje tan radical y diferente a todo lo que se suele escuchar en este tipo de películas. El éxito de la banda sonora, pues, es el éxito de la película. Porque, gracias a la música, Sinister deja de ser un filme mediocre para convertirse en una obra reivindicable y también, por qué no, visionaria. 7/10.


Luis Rodríguez es autor del blog El Gabinete del Doctor Lynch

 

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