CRÍTICA| Bestias del sur salvaje

Decía Billy Wilder que no había que filmar nunca con niños, animales… y Humphrey Bogart. Semejante afirmación, más allá de reflejar la proverbial antipatía que se profesarían el director austríaco y el actor americano tras su encuentro –o, mejor dicho, encontronazo– en Sabrina (1954), es toda una declaración sobre la consabida dificultad de tener que trabajar, ateniéndose a unos plazos y a unos objetivos de rodaje, con el sector infantil del reparto.

 

Sin embargo, Benh Zeitlin, director y coguionista de Bestias del sur salvaje, ha sabido convertir esa aparente desventaja en la gran baza de su primer largometraje, pues es precisamente el carácter libre y anárquico de nuestros instintos naturales, animales, la base sobre la que construye una conmovedora y bella fábula sobre la fuerza del amor, la verdad y la voluntad mediante el periplo de Hushpuppy (Quvenzhané Wallis), una niña de seis años que ve desmoronarse su mundo ante la enfermedad de su padre y la llegada de un vendaval que inundará y despoblará “La Bañera”, la humilde isla en donde habita, ubicada en la desembocadura de un gran río al sur de los Estados Unidos (todo un trasunto del río Misisipí, de Luisiana y de las zonas más depauperadas de Nueva Orleans tras los devastadores efectos del huracán Katrina).

 

Como ya hiciera Spike Jonze en su adaptación del libro de Maurice Sendak (Donde viven los monstruos, 2009), a través de la inmersión en la mente de su protagonista infantil se despliegan ante nosotros unas imágenes que combinan la mirada inocente, mágica y telúrica de la existencia propia de los niños con una representación cinematográfica de corte realista (léase luz natural, cámara al hombro, etc.). Pero si bien en el filme de Jonze dicha opción estética no respondía a exigencia narrativa alguna, en Bestias del sur salvaje es un verdadero hallazgo discursivo en coherencia con la dialéctica que articula el relato, que no es otra que la convivencia entre la materialista normalidad de nuestra sociedad y una realidad paralela, primigenia y fantástica, que la madurez y las convenciones establecidas obvian o anulan, pero que subyace en aquellos seres no encorsetados por la moralidad imperante, como los marginados y desequilibrados o los niños. De ahí que los habitantes de “La Bañera” que se resisten a ser evacuados, tan apegados a su medio como los animales que lo comparten con ellos (conformando unos y otros las “salvajes bestias sureñas” a las que alude el título), se contrapongan a quienes viven en tierra firme, sintomáticamente “aprisionados” detrás “del dique” (de la moral biempensante), a guisa de señores feudales encerrados en sus castillos y separados de la auténtica vida por fosos y murallas. Por ello, la cinta se mueve en el mismo universo espiritual que otro precioso cuento infantil para adultos, asimismo estructurado mediante un drama realista, también con niños marcados por figuras paternas y con una “hada madrina” que acoge a los huérfanos, e igualmente ambientado en el sur americano: me refiero a La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), aunque obviamente la pieza de Zeitlin se halle del todo alejada del exquisito goticismo poético de este clásico del género fantástico.

 

De hecho, y pese a su fuerza y su carga simbólica, Bestias del sur salvaje evidencia ciertas carencias de concepción que le impiden hacer despegar con plenitud toda las virtudes que atesora. En este sentido, la expresa voluntad de su realizador de llenar su obra de “personas valientes y de buen corazón” le lleva a buscar con demasiada insistencia las simpatías del espectador, de manera que utiliza para conmoverle todos, absolutamente todos, los recursos que tiene a su alcance, lo que explica, por ejemplo, la estéril belleza de postal de algunos planos o el redundante uso de la emotiva banda sonora, opciones estilísticas estas que logran justamente lo contrario de lo que pretenden, pues ahogan algunos de los momentos más potentes del relato a base de saturar las imágenes y dotarlas de un impostado aliento épico.

 

Aun así, la película logra la difícil pirueta de sumergirnos de forma creíble en la mente de una niña de seis años, con un argumento que fluye con naturalidad, siguiendo el stream of conciousness de Hushpuppy, desde el típico relato de iniciación a la vida adulta hasta todo lo contrario: una contundente exaltación del don de la comprensión plena e inconsciente característica de la infancia. Al respecto, es sintomática la repetición circular, al principio y al final del metraje, del instintivo credo panteísma que profesa la entrañable heroína de la historia (“soy una pequeña pieza de un gran, gran universo”). En resumidas cuentas, una bonita opera prima para toda la familia.

 

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