CRÍTICA| Las ventajas de ser un marginado

Las ventajas de ser un marginado está basada en la obra homónima del novelista americano Stephen Chbosky, el cual asume asimismo las labores de director novel y guionista con unos resultados francamente excepcionales. Publicada en el año 1999, la novela, adscrita al género epistolar, exploraba aspectos relacionados con la adolescencia y el paso a la madurez (lo que en inglés denominan coming-of-age) sin amedrentarse ante los más intrínsecamente delicados e incómodos (que no por ello menos reales), tales como por ejemplo la sexualidad, el consumo de drogas o el abuso a menores.

 

Ese abierto retrato de la sexualidad adolescente, precisamente, le ha granjeado a Chbosky no pocos detractores, los cuales se han amparado en unos puritanos cánones de moralidad para tachar la obra de obscena y libertina. Frente a los que condenan la influencia perniciosa que puede tener la novela entre los más jóvenes, otros arguyen que, en realidad, su lectura ha ayudado a algunos jóvenes con problemas a seguir adelante con sus vidas frente a la adversidad en vez de ceder a la tentación del suicidio.

 

Convertida ya en un clásico generacional, era sólo cuestión de tiempo que alguien se animara a llevarla al cine. ¿Y quién mejor que el propio escritor? En ese sentido, Las ventajas de ser un marginado constituye no sólo una rara avis entre las múltiples adaptaciones cinematográficas que se realizan regularmente, sino también un sueño hecho realidad para los innumerables fans de la novela que verían así garantizada una plasmación fidedigna y respetuosa de sus contenidos.

 

La historia, ambientada a principios de los 90, está centrada en el personaje de Charlie (Logan Lerman), un estudiante de primer año con problemas de alienación y cuya principal preocupación al comienzo del curso es la de hacer amigos para sentirse así integrado. Esta necesidad por encajar en un grupo, algo común a cualquier joven de su edad y en su situación, va adquiriendo un sentido cada vez más profundo a medida que vamos descubriendo los trágicos acontecimientos que han ido marcando su vida, empezando por el suicidio de su mejor amigo. Sin embargo, ése no es el único trauma que Charlie deberá superar, como se irá revelando conforme avanza la trama.

 

Afortunadamente, nuestro protagonista entablará amistad con otros marginados, aunque mayores que él, empezando por Patrick y Sam. Ezra Miller consigue hacernos olvidar a su perturbado personaje en la excelente Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011) para meterse en la piel de un joven homosexual víctima de la ignorancia y los prejuicios tanto de sus compañeros heterosexuales como de su propia pareja, el cual lleva su condición sexual en secreto por temor a la opinión pública. Por su parte, el personaje de Sam confirma a la bellísima Emma Watson como una prometedora actriz a tener muy en cuenta en el futuro, tras su anecdótica participación en Mi semana con Marilyn (Simon Curtis, 2011).

 

Sam y Patrick acogen por tanto a Charlie y lo integran en su grupo de amigos, constituido por personajes tan pintorescos como Mary Elizabeth (Mae Whitman), una budista punk, Bob (Adam Hagenbuch) o la gótica Alice, interpretada por Erin Wilhelmi. Gracias a ellos nuestro protagonista podrá dejar atrás su pasado y empezar una nueva vida, participando incluso en sus estrafalarias representaciones nocturnas de ese popularísimo musical de terror freak (y algo hortera) conocido como The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975).

 

Por supuesto, Charlie acabará enamorándose de Sam, aunque, como suele suceder, la hermosa y popular Sam parece no percatarse de ello y termina saliendo con otro chico que ni la quiere ni la respeta como su tímido e inseguro amigo. El gran mérito de Chbosky está en su habilidad para pergeñar algo único y diferente pese a su adscripción a muchas de las convenciones narrativas asociadas a este tipo de historias. Además, la película funciona porque tanto sus personajes como las situaciones en las que se ven envueltos están tratados con extrema ternura y delicadeza, evitando caer en todo momento en el pantanoso terreno de la burda caricatura y el impostado paroxismo.

 

Por ese motivo son personajes que percibimos como reales y con los que, como espectadores, no nos resulta difícil llegar a empatizar, pudiendo vivir así sus andanzas como propias. Ese mimo que se percibe en el tratamiento de los personajes se ve además reforzado por el buen hacer de su excelente reparto, sobre el que recae la responsabilidad de de darles vida. Especial atención merece, además de los actores previamente mencionados, Paul Rudd, el cual interpreta a profesor de literatura de Charlie, el señor Anderson, otro importante eslabón en su búsqueda de la autoafirmación. Mientras que sus amigos le abrirán las puertas a un mundo nuevo de alcohol, drogas y sexo, el señor Anderson, por el contrario, se encargará de nutrir su pasión por la literatura y también su habilidad para la escritura.

 

Las ventajas de ser un marginado supone, en definitiva, un encomiable debut en donde Stephen Chbosky consigue la difícil tarea de traducir su novela a un nuevo lenguaje manteniendo intacto su espíritu. Tierna sin caer en la sensiblería, comprometida sin regodearse en el sensacionalismo más morboso, vitalista y conmovedora, la película cuenta además con una sugerente y evocadora banda sonora ambiental a cargo del guitarrista Michael Brook, solapada por la ecléctica selección de canciones de rigor, de entre las que destacamos la célebre canción Heroes, compuesta por David Bowie y Brian Eno a finales de los setenta.

 

No resulta casual que uno de los libros que Charlie debe leer para clase sea El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye), la polémica novela de J.D. Salinger publicada a principios de los 50 en los Estados Unidos. Al igual que la novela de Chbosky, aquélla también provocó, en su momento, airadas reacciones por su lenguaje y por cómo retrataba, sin tapujos, temas tan políticamente incorrectos como el alcohol, las drogas, la sexualidad y el angst adolescentes. Ambas novelas han llegado, por ese motivo, a ser prohibidas en algunos institutos americanos pese a ser, a la vez, estudiadas como lecturas obligatorias en otros. Y las dos obras se han convertido en obras de culto que han ido encabezando, insistentemente, las listas de libros más leídos en los Estados Unidos. Merecidamente, añadiría yo.

 

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Luis Rodríguez es autor del blog El Gabinete del Doctor Lynch

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