CRÍTICA| Las flores de la guerra

En 1998 el crítico Wang Yichuan publicó su polémico y acertado ensayo El fin del mito de Zhang Yimou. Yichuan atacaba no sólo a Yimou, sino a la famosa Quinta Generación del cine chino de principios de los años 80. Una generación que abogaba por una coherencia iconográfica y una renovada conciencia histórica. A esta nueva etapa cinematográfica pertenecen Chen Kaige, Tian Zhaungzhuang y el propio Zhan Yimou, abanderado de esta interesante y vital etapa para el cine de su país. Las flores de la guerra, adaptación de la novela Las trece mujeres de Nanjing de la respetable Geling Yan, es el ejemplo perfecto de lo que criticaba Yichuan en su ensayo, la pérdida de los valores iniciales de los que Yimou hizo gala en Sorgo rojo, Semilla de crisantemo o La linterna roja. En su última etapa, producciones como Hero y La casa de las dagas voladoras nacen de una tendencia globalizante. Largometrajes con metas internacionales que muestran una China atractiva y exótica para el público occidental, alejándose de esta manera del verdadero aroma tradicional e impagable, visible en sus primeras obras.

 

La escena inicial de Las flores de la guerra muestra el rostro de una niña, a cámara lenta, entre el humo y la niebla de Nanjing, capital de China en 1937. Es un grupo de estudiantes católicas que corren entre las balas por las devastadas y sangrientas calles, reconstruidas de manera magistral en la película bajo el diseño de producción de Yohei Taneda, responsable de los diseños de producción de Kill Bill o Ghost in th Shell 2: Innocence, entre otras. La ciudad está siendo asediada por el ejército Japonés. Las niñas se refugian en su hogar, la parroquia de Santa María Magdalena. Hasta allí llegará el enigmático y libertino John Miller, interpretado por Christian Bale, encargado de dar un entierro digno, que nunca se realizará, al sacerdote, volatilizado en el patio de la iglesia por una bomba. La casa de Dios también dará cobijo, en absoluto secreto, a un grupo de prostitutas de un famoso burdel local.

 

La cinta de Yimou se sustenta bajo la piedra angular del personaje de Christian Bale. Un buscavidas, aficionado al dinero, el alcohol y el placer por encima de todo. De su boca surgen algunos latigazos, dignos de mencionar, como la frase que le dice al ayudante del difunto párroco: “Es una iglesia católica, tiene que haber algo de dinero”. Al contrario que el protagonista de La hojarasca de García Márquez, un hombre bueno que debe enterrar a un hombre maldito, Miller es un hombre maldito que debe enterrar a un hombre bueno. Pero el rol del personaje varía, convirtiéndose en una figura protectora para las indefensas estudiantes ante la amenaza externa. Esta trasformación, que podría exponerse de manera adecuada en manos de Yimou, pierde fuerza a medida que avanza el metraje, se convierte en algo previsible y mecanizado. Nos llegan ecos, muy lejanos, de Vittorio De Sica transmutándose en el General de la Rovere, pero en el personaje de Bale la conversión está incompleta, ensombrecida por la introspección inadecuada y carente de desarrollo.

 

La escasa profundidad de los personajes es el mayor defecto de Las flores de la guerra, estos se mueven en un terreno plano y predefinido. Yimou nos muestra unas fascinantes y suculentas imágenes de guerra que se desarrollan en el exterior de la iglesia, más cercanas a Bigelow o Spielberg, ensombreciendo de esta manera lo que ocurre en el interior de la iglesia. No se llega a construir una narración equilibrada entre fondo y forma, como lo hiciera Lu Chuan en la cruda y realista Ciudad de vida y muerte, también basada en una novela de Geling Yan. Chuan mantenía el desarrollo de la tragedia de manera perfecta, algo que no se aprecia en la película de Yimou. El director sacrifica su esencia contemplativa, su elegancia reflexiva y por ende, la oportunidad de mostrar el complejo engranaje dramático reflejado en el relato de Yan.

 

Pese a todo, Yimou se desenvuelve con maestría y eficacia tras la cámara, dejándonos algunos destellos de absoluta brillantez: la seducción de Yu Mo, interpretada por Ni Ni, a John Miller, dejando la marca de sus labios en un cuenco de porcelana y él sorbiendo por el mismo lugar; las niñas refugiándose del asedio en la biblioteca de la iglesia, apilando libros contra las puertas, que se torna en una poderosa metáfora; el plano secuencia de las dos prostitutas huyendo de los militares japoneses o la simbólica citara china, instrumento del cual surge una ensangrentada y dulce melodía. El film también contiene algunas imágenes sombrías y crudas que parecen extraídas de la cámara de Eddie Adams. Aunque Yimou se muestra menos rebelde y heterodoxo, cediendo ante el dialogo académico, no deja de ser un autor, algo que se agradece al visionar la película. Son mas que dignas de mención, la fabulosa ambientación y la siempre correcta y sincera fotografía de Xiaoding Zhao.

 

Yimou deja de lado su esencia revolucionaria y comprometida, encaramándose a la preocupación de la taquilla y apartando a un lado el arte, algo preocupante en uno de los directores mas talentosos y sorprendentes de toda la historia china. Una de las mayores masacres vividas en el país, en la que se asesinó a 200.000 chinos y se violó a 20.000 mujeres, es el punto de partida de la que podría ser una epopeya histórica basada en el honor, la moral, el valor y la redención humana, pero el resultado es un discurso visual raído, cuya intención resulta artificial y articulada bajo la alargada sombra del escaparate hollywoodiense. 5/10.

 

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