CRÍTICA| Posesión infernal (2013)

El remake de Posesión infernal (Sam Raimi, 1981), firmado por el uruguayo Fede Álvarez, hace de la paradoja su principal seña de identidad. Intenta socavar los mismos cimientos del terror mainstream desde su condición de cine mainstream. Aspira a homenajear y actualizar uno de los clásicos irrefutables del género de terror, pero sin respetar su misma idiosincrasia. Mientras que la película de Raimi se pergeñó desde los confines del cine indie con un presupuesto estimado de 375.000 dólares, el utilizado en el remake ronda los 14 millones de dólares. La mezcla de comedia y horror, que constituía una de las principales señas de identidad de la trilogía original, se descarta aquí a favor del terror en su expresión más cruda y descarnada. Y mientras que la película original se acercaba al tema de las posesiones desde una perspectiva original anclada en antiguos mitos sumerios, el remake parece optar por un enfoque más convencional que bebe igualmente de clásicos tales como El exorcista (William Friedkin, 1973).

 

Es, en resumidas cuentas, una película indecisa e insegura de sí misma, por mucho que, ciertamente, debamos alabar sus arrestos para, al menos, sobrepasar los límites de lo “permitido” habitualmente en este tipo de producciones. Sí, se trata de una película inusualmente sangrienta para lo que suele exportar habitualmente la complaciente industria hollywoodiense, aunque no el gorefest que algunos nos habían prometido (ni mucho menos). En ese sentido, todo el hype articulado alrededor de esta película puede llegar a obrar más en su perjuicio que en su beneficio. Y es que la polémica creada alrededor de la película y su carácter explícito no hace sino poner en evidencia hasta qué punto se encuentra infantilizado el cine de terror manufacturado en Hollywood. Aquéllos que vayan esperando una película “extrema” y transgresora como sí fue la original en su tiempo, pueden llevarse una sonora decepción, por mucho que esta cinta atesore también sus virtudes.

 

Personalmente no me parece mal la apuesta absoluta por el terror en detrimento del “cartoonesco” slapstick de la trilogía original, dado que aquello que funcionó en su momento no tiene por qué hacerlo en la actualidad. Y ahí está una de las grandes desventajas de cualquier remake. Se puede respetar la historia, los personajes… incluso los litros de sangre vertidos… pero en tanto que los tiempos son diferentes, todo remake conlleva, necesariamente, un cierto acto de “actualización” que no siempre garantiza una acogida similar a la que la original tuvo en su momento. Por muy violenta y brutal que pueda ser la obra de Álvarez, difícilmente podría aspirar a igualar el impacto que la de Raimi tuvo en su estreno. Y, al fin y al cabo, lo que convierte a una película de terror en un clásico es, precisamente, su disposición a ir más allá de lo permitido e impactar a la sociedad con algo único y transgresor. El problema es que la transgresión no viene dada por la sangre vertida o las vísceras mostradas en pantalla.

 

En otras palabras, por muy inusualmente violento (para los estándares del mainstream hollywoodiense, no lo olvidemos) que sea este remake, más allá de la relativa casquería encontramos una obra oprimida por su crisis de identidad y que se muestra incapaz de emular los logros de la obra original, del mismo modo que le ocurrió a Zack Snyder en su muy sobrevalorado remake de la magistral Dawn of the Dead (George A. Romero, 1978). Por ese motivo, mientras que las originales están consideradas hoy día obras de culto, difícilmente podrían estas “actualizaciones” aspirar siquiera a recibir similar distinción en el futuro. Y es que, en los tiempos que corren, cada vez resulta más complicado refutar, especialmente en el género del terror, aquel axioma según el cual los remakes están abocados a ser, por definición, copias inferiores y, por tanto, innecesarias, de grandes (o no tan grandes en ocasiones) películas de antaño.

 

El principal problema de la película de Fede Álvarez estriba en su falta de personalidad. Sí, se aleja del modelo que catapultó a Raimi a la fama, pero lo hace para tomar como referencia estética y conceptual toda la New French Extremity de Alexandre Aja, Pascal Laugier, Alexandre Bustillo o Julien Maury. Y es que, después de películas como Martyrs (Pascal Laugier, 2008), À l’intérieur (Alexandre Bustillo & Julien Maury, 2007) o Irréversible (Gaspar Noé, 2002), difícilmente podríamos sorprendernos con lo que este remake pretende ofrecernos… por no hablar, por supuesto, de los que estén ya familiarizados con el primer cine de Raimi, Peter Jackson o, por supuesto, el de los adalides del ultragore alemán. Esta nueva Posesión infernal termina siendo, por desgracia, más “dócil” y “predecible” de lo que pretende, por mucho que alabemos y apreciemos su rechazo al destestable CGI común en el cine de género actual y por mucho que le reconozcamos su voluntad por ofrecer algo diferente a lo que se suele ver en la gran pantalla. El problema es que lo que se suele ver en la gran pantalla suele ser tan mediocre que tal mérito se antoja algo insuficiente para aquéllos que estén curtidos en el cine de terror en sus más variadas formas de expresión.

 

La ausencia de un sólo personaje que cuente con el carisma del protagonista de la película original impide, por otro lado, esa empatía tan necesaria para implicar mínimamente al espectador en lo que le están contando. Por si todo esto no fuera suficiente, esa predisposición a tomarse demasiado en serio a sí misma provoca, en ocasiones, la risa involuntaria en el espectador, dado que algunas frases de diálogo terminan resultando demasiado absurdas para una película como ésta, la cual hace de la circunspección su principal credo. A modo de ejemplo, podríamos mencionar aquella escena en la que el hermano de la protagonista se niega a creer lo que está ocurriendo, aferrándose a la posibilidad de que aquéllo pudiera ser fruto de la enfermedad mental de Mia (Jane Levy)… escepticismo que podría haber tenido su sentido treinta o cuarenta minutos atrás, pero no en aquellos momentos, después de todo lo que ya había sucedido.

 

A caballo entre Posesión infernal y El exorcista, la película de Álvarez carece de la frescura que hizo de la original algo tan especial en lo que atañe a su acercamiento al tema de las posesiones y los rituales de exorcismos. Sus propias aportaciones, desde ese innecesario prólogo hasta la adición de nuevas formas de matar a los deadites y todo ese mal aprovechado trasfondo de la protagonista relacionado con su adicción a las drogas, se antojan innecesarios lastres que difícilmente podrían justificar la existencia de una película como ésta. La inexperiencia de su director en el género del terror se manifiesta, por otro lado, en su dependencia de los golpes de efecto y la truculencia para impactar al espectador, ayudado por la muy efectista banda sonora de Roque Baños. La historia tarda demasiado en arrancar, y cuando lo hace, los personajes importan tan poco que la sensación de tedio no tarda en aparecer… y, desgraciadamente para Álvarez, todos los ases que guarda en la manga se antojan insuficientes para erradicarlo. Sí, es violenta, pero eso no es decir mucho. Y es que, ya se sabe… en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Pues eso. 6/10.

 

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Luis Rodríguez es autor del blog El Gabinete del Doctor Lynch

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