Críticas: ‘La herida’ de Fernando Franco y ‘Caníbal’ de Manuel Martín Cuenca

Acaban de estrenarse dos producciones nacionales que pudieron verse en la pasada edición del Festival de Cine de San Sebastián. Dos propuestas tan valientes como heterodoxas con otro signo en común: su sorprendente capacidad para no provocar la indiferencia que, en líneas generales, solemos asociar al cine hecho y exhibido en España.

 

La herida

 

Concebida en los márgenes de una industria cinematográfica española necesitada de fortísimos estímulos1, pero también de proyectos arriesgados y audaces que puedan demostrar la heterogeneidad y riqueza de un cine nacional que peca, en ocasiones, de cierto estancamiento en cuanto a libertad creativa se refiere, La herida se convierte en perfecto ejemplo de toda esta coyuntura, tanto la económica como la meramente artística.

 

El primer largometraje de Fernando Franco –montador de títulos como Blancanieves, Alacrán enamorado o No tengas miedo– se enfrenta al riesgo de una forma casi temeraria. El planteamiento, en su concepción, tiene incluso algo de kamikaze: seguir la vida de Ana (Marian Álvarez) durante aproximadamente un año, la relación con su enfermedad –el trastorno límite de la personalidad o borderline– y con los seres que la rodean, principalmente su madre (Rosana Pastor), su novio (Andrés Gertrudix) y su compañero de trabajo (Manolo Solo). Dicho trastorno la llevará a autolesionarse, pero también a tener un comportamiento impredecible con su entorno, tanto el más cercano como el que no lo es.

 

El propio director ha comentado que el proyecto nació como un documental que finalmente tuvo que descartar, y en ese origen se descubre la atrevida desnudez de un retrato en primerísimo plano, siempre pendiente del cuerpo y el rostro de Ana. La cámara la sigue (o persigue) como si estuviera pegada a su piel, su punto de vista es el de ella y el resto queda entrevisto en un fuera de campo tan vacío como desolador. La depuración, en este sentido, es extrema. Y el inequívoco vínculo con otro ser a la deriva, Rosetta (Jean Pierre & Luc Dardenne, 1999), más que manifiesto.

 

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La radicalidad formal y el rigor a la hora de plantear este espinoso tema impiden que La herida adquiera la peligrosa etiqueta de film social o de autoayuda. Franco, en connivencia con su coguionista Enric Rufas, evita nombrar el trastorno que padece el personaje de Ana. Su infierno personal no necesita de explicaciones, se eluden conscientemente los juicios de valor y desaparece cualquier convención dramática que pudiera subrayar el desequilibrio emocional de la protagonista. La herida es, este sentido, una sincera inmersión sensorial en la enfermedad invisible, en el horror que conlleva cualquier tipo de autodestrucción, en la temida infelicidad.

 

Mención aparte adquiere la descarnada y medida interpretación de Marian Alvárez2. La autenticidad que adquiere su impresionante trabajo es esencial para comprender los logros de La herida. Su interpretación es un generoso acto de amor volcado en un proyecto nacido con una férrea voluntad de permanecer ajeno a modas y convenciones imperantes. Casi un suicidio artístico. 8.

 

Caníbal

 

El último trabajo de Manuel Martín Cuenca (La flaqueza del bolchevique, Malas temporadas) cuestiona, aunque sea en voz baja, la representación tradicional de la figura del psicópata en el ámbito de los géneros cinematográficos. Caníbal podría haber sido una típica película de terror pendiente en exceso de la carne y la sangre, pero en manos de su director no lo es. Y dicha disyuntiva nos provoca una cierta extrañeza, ya que no estamos habituados a que se retrate, desde la estricta ficción, la figura de un perturbado desde una perspectiva terriblemente cotidiana, incluso realista. Y mucho menos dentro del cine español3.

 

Y en esta incómoda cotidianidad se asienta Caníbal, articulada principalmente en el personaje del solitario Carlos (Antonio de la Torre), de profesión sastre distinguido y asesino de mujeres en sus ratos libres. Seremos testigos de su meticulosa forma de trabajo, pero también del minucioso modus operandi que lo define como astuto criminal. Y, como marco geográfico, la capital de Granada y sus alrededores, entre otros una espectacular Sierra Nevada. Que la elegida sea una ciudad de provincias donde el peso de la tradición cobra un especial protagonismo (la simbología religiosa está presente en la historia de una manera muy significativa) pone de relieve, aún más, la soledad de Carlos y su despótica necesidad de sobrevivir en un círculo que se prevé asfixiante. Y su desahogo se percibe, o se intuye, comiéndose sin remordimiento las jóvenes y atractivas víctimas que caza. Así de crudo.

 

Caníbal es una película poderosamente atmosférica. En este sentido, la fotografía4, la dirección de arte y el diseño de sonido juegan un papel fundamental a la hora de plasmar tanto la opresión del ambiente como los actos de terror generados por el protagonista. Sus rituales, tanto los comunes como los extraordinarios, están rodados con precisa elegancia y destacable contención. El reposado guión –escrito por Alejandro Hernández y el propio Martín Cuenca5–, así parece exigirlo.

 

Pero llega un momento en el que el monstruo se humaniza, y aquí aparece el dilema moral. La percepción cambia y nuestra opinión sobre Carlos se estrella. ¿Puede un ser tan repugnante enamorarse? ¿Creemos verosímil este sentimiento, quizás largamente agazapado por razones desconocidas? Caníbal es un film compuesto de intrigantes intuiciones, donde el silencio y la elipsis son tan importantes como los aterradores hechos que se describen. Se podría pensar que la aparición de este signo redentor elevaría la emotividad del relato, hasta entonces inexistente, pero no es así. La frialdad del conjunto es notoria, tanto para lo bueno como para lo malo.

 

Martín Cuenca, cómodamente instalado en la creación de turbios relatos donde el tabú se transfigura en protagonista (su anterior trabajo, La mitad de Óscar, comparte no pocas semejanzas temáticas y formales con ésta), dirige con acertada contención a Antonio de la Torre y a la prometedora actriz rumana Olimpia Melinte: ambos son parte esencial de este estilizado estudio sobre el mal y sus incomprensibles ramificaciones. Y aunque Caníbal adolece de un manifiesto exceso de cálculo, el mismo no consigue empañar por completo el desafiante resultado final. 6.

 

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1 Evidentemente, no ayuda la imperdonable, por abusiva, subida del IVA, la consecuente disminución de espectadores y la alarmante reducción del número de rodajes en nuestro país, por ejemplo.

 

2 La actriz obtuvo la Concha de Plata a la mejor interpretación femenina en el pasado Festival de Cine de San Sebastián. La película también obtuvo el Premio Especial del Jurado, galardones otorgados por un jurado que presidió el director norteamericano Todd Haynes.

 

3 Habría que remontarse, quizás, a Las horas del día (2003). La película de Jaime Rosales retrataba, con inusual verismo, a un asesino de vida aparentemente normal residente en las afueras de Barcelona. Lo protagonizaba un notable Álex Brendemühl.

 

4 Un excelente trabajo realizado por Pau Estebe Birba, y que obtuvo recompensa en la pasada edición del Festival de Cine de San Sebastián.

 

5 Un guión inspirado libremente en la novela Caríbal, escrita por el cubano Humberto Arenal.

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