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CRÍTICA| Trance

Ante una película estrenada, tendemos a olvidarnos de que el cine es un arte colectivo en el que la esencial labor de dirección va más allá de la mera ordenación de los talentos individuales; o al menos así tendría que ser en cualquier cinta con voluntad de perdurar en el tiempo. Dicho “más allá” es lo que define esa cualidad inmaterial que permite calificar una obra con el apelativo “de autor”. Y que nadie se confunda: ello es tan aplicable a filmes minoritarios y de narrativa anticonvencional como a películas adscritas al estándar fílmico más común y surgidas de cualquiera de los estudios major de Hollywood.

 

Porque una obra es “de autor” cuando en ella hay un calado y/o una intencionalidad que sabe concretizarse satisfactoriamente a través de las diferentes instancias discursivas. Y cuando ello no sucede, cuando la ambición supera al talento o, sencillamente, no se desea nada más que recaudar taquilla, entonces estamos ante creaciones fallidas o mercantilistas que terminan moviéndose por el resbaladizo filo entre el arte, la artesanía y la industria del entretenimiento.

 

Esto es lo que acontece, justamente, a Danny Boyle, un realizador al que no se le puede negar su capacidad para “armar” brillantes artilugios visuales y que, sin embargo, carecen del adecuado engarce entre la forma y el fondo para lograr que trasciendan más allá de su ingenioso envoltorio. Quizás por esa razón, su mejores trabajos sean aquellos adscritos al cine de género, léase 28 días después (2002) o Sunshine (2007), dado que ello le impone una casuística determinada que contiene su tendencia al abigarramiento de las imágenes y permite que sus habituales ‒y comerciales‒ happy end se inserten de una forma mucho más natural que en sus filmes dramáticos.

 

En esta línea, Trance es una nueva muestra de que Boyle (igual que acontece con la filmografía de Ridley y Tony Scott) debería limitarse a hacer cintas de género y, con suerte, lograr algún día algún clásico; porque de otro modo seguirá haciendo pastiches postmodernos de una deslumbrante pirotecnia visual pero totalmente hueros, que caerán, y con justicia, en el olvido.

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Los mundos de Neil Gaiman

Los mundos de Coraline, exitosa adaptación cinematográfica de uno de los libros de Neil Gaiman

 

Hace escasos días, publicábamos una noticia en la que destacábamos que Joe Wright (Orgullo y prejuicio, Anna Karenina) se haría cargo de la adaptación a la gran pantalla de la última novela de Neil Gaiman, aún pendiente de publicación. A su vez, sabemos que HBO estrenará (a finales de 2013-principios de 2014) una adaptación televisiva en 6 temporadas de American Gods, una oscura fábula que mezcla mitología, historia americana, fantasía y misterio. Su premisa principal se centra en que los dioses y otras criaturas mitológicas existen porque las personas creen en ellas. Así, los inmigrantes que viajan hasta EE.UU. buscando una nueva vida, llevan consigo a sus propios dioses, a sus monstruos, leprechauns, duendes y elfos. Sin embargo, con el paso del tiempo y, a medida que estas personas se integran en su nuevo mundo, sus dioses van desapareciendo, perdiendo su poder, llegando incluso a vivir como indigentes en las calles. En su lugar, otros dioses nacen y prosperan, son los dioses de lo tecnológico, de los medios de comunicación, etc…, en definitiva, dioses que no son sino un reflejo de las obsesiones de las sociedades modernas y que están condenados a enfrentarse a los antiguos. American Gods ganó el día de su publicación, los premios Hugo y Nébula, que se otorgan a las ficciones de ciencia ficción o fantasía más destacadas. Su adaptación televisiva, si tiene éxito, puede convertir a Neil Gaiman en una figura mediática tan popular como George R.R.Martin se ha vuelto gracias a Juego de Tronos. Pero, ¿quién es realmente Neil Gaiman y porqué parece estar precisamente ahora en el punto de mira de productores de cine y televisión?

 

Gaiman es un escritor inglés, fuertemente influenciado por J.R.R. Tolkien, Lewis Carroll, H.P. Lovecraft o Allan Poe, entre muchos otros. La mezcla puede parecer un tanto extraña, pero el caso es que sus narraciones saben mezclar a la perfección elementos de terror, con reflexión, ternura, realismo y fantasía. Todo converge para Gaiman en un universo cohesionado e increíblemente atrayente, donde sus historias fluyen entre esos terrenos con una naturalidad pasmosa. Aún recuerdo cuando, diez años atrás, un buen amigo me ofreció un ejemplar de una de sus primeras novelas, Neverwhere: “La historia gira alrededor de Richard Mayhew, un joven escocés que se encuentra un buen día, en la calle, a una chica llamada Puerta. La chica, a punto de desvanecerse, le pide a Richard que no la lleve a un médico y éste, pese a sentirse confundido, decide ayudarla y la lleva a su casa. A partir de ahí, Mayhew se ve envuelto en un universo que mezcla su Londres (el de arriba), con el de la misteriosa muchacha (el de abajo) mientras son perseguidos por una pareja de psicópatas, el señor Croup y el señor Vandemar. Es corto, se lee de una sentada. Échale un vistazo y ya me cuentas”. Y tenía razón, el libro era corto, lo acabé en una tarde, pero además de leerse rápido, el relato de Gaiman me abrió las puertas a un universo de seres y personajes que, a día de hoy, siguen formando parte de mi vida, son personajes de los que no se olvidan, de los que te acompañan siempre. Cuando descubrí que, en 1996, la BBC había adaptado la novela en formato miniserie, fui corriendo a buscarla. Desgraciadamente, el traspaso de Neverwhere a la pequeña pantalla, no estaba a la altura de la historia original, con algunos secuencias en las que se notaba la falta de presupuesto, llegando a resultar ridículos algunos de los pasajes más espectaculares del libro. Una pena, pues uno no puede sino fantasear con la idea de lo que podría hacerse con ese material a día de hoy, con un presupuesto digno.

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Michael Fassbender y James McAvoy cantan a dúo en ABC News

Serán temas de promoción, pero lo cierto es que difícil incomodar a estos actores británicos a quien el entrevistador de ABC News les prepara una encerrona pidiéndoles que canten una canción a dúo. Los dos, Michael Fassbender y James McAvoy, estos días de promoción gracias a X-Men: Primera Generación, se arrancan con una absurda canción folk que, al parecer, ambos conocen y no parece que sea la primera vez que la cantan al unísono. ¿Alguna fiesta nocturna hasta las tantas, quizá?

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CRÍTICA| La última estación

 

La comuna de Tolstói


Hemos tenido que esperar unos meses pero, por fin, se ha estrenado La última estación. Y lo digo porque para cualquiera que como yo admire, se deleite o inspire con el trabajo de grandes actores, esta es, sin duda, una película esperada. Su director, Michael Hoffman, hombre de teatro con poca suerte en el cine, de hecho son escasos sus éxitos en este campo (Un día cualquiera, Restauración…), ha llevado a la pantalla los últimos días de la vida de León Tolstói, autor universalmente conocido por las inmensas novelas, entiéndase en un sentido amplio, Guerra y Paz y Anna Karénina.

 

Sin embargo, la cinta se centra en otro período de su vida, ya muy alejado de la literatura e incluso renegando de todos los triunfos que había conseguido en el pasado. Es de sobra conocido por sus admiradores que Tolstói influyó notablemente en los idearios de otros grandes hombres. Su “no a la violencia activa” sirvió de inspiración a personalidades muy relevantes de la historia como Ghandi o Martin Luther King. Él mismo se erigió en profeta para un grupo denominado los tolstonianos: vegetarianos (porque no podían dañar a seres vivos), abstinentes y que rechazaban la propiedad privada y la riqueza. El mismo Tolstói seguía a pies juntillas su credo, lo que le provocaba más de un problema con su familia, de noble linaje, y en concreto con su mujer la condesa Sofía Bers que añoraba los viejos tiempos en los que la celebridad literaria no interfería en la placidez del hogar.

 

A raíz de sus ideas y su reconocimiento, el escritor se convirtió en emblema para muchos que acudían a formar parte de algo así como el precedente de una comuna hippie, a principios de siglo y en la Rusia pre-comunista. Y su profeta no era otro que el propio Tolstói que asumió su papel con humildad y generosidad (donó contra la voluntad de su familia los derechos de sus obras al pueblo ruso). Así pues, el literato mantuvo un considerable enfrentamiento, a causa de su ideas revolucionarias y mesiánicas, con su esposa, único eslabón que le ataba a su pasado de esplendor literario, a quien nunca impuso su doctrina de “naturismo libertario”.

 

De ese conflicto trata este film servido admirablemente por dos actores excepcionales de clase y oficio: Christopher Plummer como el viejo Tolstói y Helen Mirren como la obstinada condesa Sofía (dato curioso para quienes no lo sepan: esta actriz proviene de una antigua familia de la aristocracia rusa). Dos intérpretes capaces de convertir en sencillo aquello más complicado. Resulta creíble de la primera hasta la última frase que brota de labios de sus personajes: la relación, los enfrentamientos, la complicidad que todavía resta entre ellos tras años de desacuerdos. Es un placer verlos actuar y contagian talento porque, por encima de todo, esta es una película coral en la que todos están perfectos: Paul Giamatti (Entre Copas), la exquisita Anne-Marie Duff (Nowhere Boy) y su marido el joven James McAvoy que tiene la notable virtud de no empequeñecerse nunca ante grandes actores, muy al contrario se crece. Ya le ocurría en El último Rey de Escocia (2006) y lo vuelve a lograr en este trabajo. Él es el tercer vértice, el que nos ayuda a entender a esta singular pareja.

 

Sin duda, la mejor película de este director, que sin ser una gran obra sabe aprovechar aquello que mejor maneja: una puesta en escena al servicio de unos protagonistas de excepción. Las tablas del teatro es lo que tienen. Cabe destacar también una perfecta ambientación que siempre ayuda al disfrute de esto de la ficción y una música evocadora firmada por Sergei Yevtushenko, de la que me extenderé más adelante porque es una absoluta delicia.

 

Título original: The Last Station. Dirección: Michael Hoffman. Guión: Michael Hoffman basado en la novela homónima de Jay Parini. Año: 2009. Nacionalidad: Alemania/Rusia/Gran Bretaña. Intérpretes: Helen Mirren, James McAvoy, Christopher Plummer, Anne-Marie Duff y Paul Giamatti. Valoración: 7/10.

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