
No suelo celebrar muchas fiestas en casa, entre otras cosas porque soy un terrible anfitrión. Pero hay dos eventos al año que no puedo eludir, ambos vinculados a mi pantalla de plasma: la noche de los Oscar y el final de temporada de True Blood. Llamo a mis amigos más afines en este ritual hedonista, que comenzó con el finale de la segunda temporada -¡qué gran noche fue aquella!- y se ha convertido en tradición desde entonces. No me complico mucho: unas bebidas y un poco de ambientación afín -las canciones ochenteras de Sookie, botellitas de TruBlood, fotos de la divina, la cera depilatoria de Alcide (para uso pectoral de los invitados) y la bola de cristal de Lala-. Vamos, lo normal de una party temática. Pero, sobre todo, mucho entusiasmo, amén de una mezcla de tristeza y emoción ante los últimos minutos del año que nos ofrece HBO de la serie más gozosa y gozable, retozona y retozable, de la televisión actual. Y lo cierto es que ningún año, hasta la fecha, me he sentido defraudado por el último True Blood de la temporada.
A pesar de los malos augurios, éste tampoco ha sido una excepción. Alan Ball se ha ido dejándonos un espléndido regalo: una gamberrada de 50 minutos magistralmente orquestada que cerraba tramas a velocidades de vértigo. Nosotros, como si de un partido de fútbol se tratara, vitoreábamos cada goleada:
“¡Aaah, adiós a Russell!”…
“¡Wow, Alcide jefe de manada!”…
“¡Otro Andy-Bebé!” (aplausos)…
“¡Por Dios, quiero el paipái de Lafayette!”…
“¡Dispara Campeón!”… (risas)
“¡Taraaaaaaaa!”… “¡Paaaaammmmmmm!”…
“¡Toma culo de Sam!”…(gritos)
[Los vecinos protestan y les explico que es la final de True Blood; que bien que gritaron ellos en la de la Copa y no me queje]
“¿Billith????”…
“¡Oooohhh, hasta el año que viene!”…

En definitiva, mis amigos y yo tuvimos esa finale divertida y reconstituyente que anhelábamos. Tras ella, todo eran caras de felicidad. Atrás quedó el atasco argumental que suponía ‘la Autoridad’ y sus soldaditos uniformados. Ball les dio a todos ellos el merecido escarmiento que esperábamos -es más, que necesitábamos-. Y, por encima, sobresalió esa figura incandescente que representa todo lo que me gusta de la serie: Lafayette (Nelsan Ellis), que ejerció de improvisado anfitrión de esta party-finale a base de daiquiris y frases proverbiales. Tuvo un par de aliadas en Arlene (Carrie Preston) y Jane Bodehouse (Patricia Bethune), esa achispada madurita siempre pegada a una barra de bar -y preparada para un buen fiestón u orgía si la ocasión lo requiere-. Pero no nos avancemos y, aunque sea por última vez, vayamos por partes:
(más…)